Los inicios del estrés

¿ Qué es el estrés? El estrés no ha sido objeto de estudio científico hasta el siglo XX, como tantos descubrimientos científicos, este fenómeno se comenzó a observar a través de la serendipia. El Dr. Hans Selye (1907-1982), buscaba la comprobación del origen de una hormona inyectando extractos de diferentes órganos en ratas, tras cuyas inyecciones independientemente del origen de los extractos, observaba idénticas respuestas. Con la frustración de no hallar respuesta a sus investigaciones, siguió tratando de buscar explicación al fenómeno que suponía la obtención de idénticas respuestas de los organismos a pesar de las diferentes procedencias de los ensayos y recordó algo que había observado años atrás en muchos enfermos. Estos enfermos, independientemente de sus patologías, sufrían síntomas comunes como cefaleas, dolor abdominal, o fiebre. Había observado también, cómo el descanso, la dieta ligera o el mantenimiento del confort térmico, resultaban tratamientos efectivos en pacientes de patologías inespecíficas, así fue  como Selye  en 1936  introduce el término Síndrome General de Adaptación (SAG), años después, en 1950, fue el  mismo Selye  el que comienza a utilizar el término “Stress”, en castellano “estrés”, que en inglés significa tensión, presión, coacción, para definir la respuesta que proporciona el organismo ante un estímulo.

El estrés, como mecanismo de relación con el entorno, ofrece respuestas automáticas ante estímulos que rodean a todo ser vivo, es la herramienta de relación automática con el ambiente, debe ser automática para imprimir inmediatez y posibilidad de protección rápida. Se muestra cómo varía el nivel de resistencia en los diferentes momentos del SAG: En el momento de la Alarma, durante el estado de resistencia y en el estado de agotamiento.

La respuesta del organismo al estrés

El organismo ofrecerá respuestas automáticas e inmediatas ante el frío o el calor, ante la humedad o la sequía, ante los depredadores o ante los otros miembros de la propia especie, ante la luz o ante la oscuridad, también ante la abundancia o ante la escasez. Actualmente a esos estímulos primarios percibidos, se les tiene que añadir otros como la posibilidad de realizar un viaje, comenzar una relación amorosa, mudarse de casa, la noticia de una mejora laboral, recibir un premio, la presencia de un jefe malhumorado, de un compañero hostil, de un cliente furioso o de un vecino ruidoso, la noticia de un nacimiento o la noticia de una enfermedad propia o la de un ser querido, cualquiera de estos eventos tendrá una respuesta específica y automática de activación del organismo.

Ante todas estas las situaciones descritas se va a producir una activación automática del sistema nervioso autónomo simpático (SNAS). Es decir, tanto ante estímulos identificables como positivos, como ante estímulos identificables como negativos, la respuesta fisiológica de activación va a ser la misma (Aumento de la tensión muscular, aumento de la frecuencia respiratoria, pero disminución de su amplitud, aumento de la frecuencia cardiaca, aumento de la conductancia y descenso de la temperatura periférica). Según Schachter y Singer (1962), la percepción positiva o negativa de esa experiencia fisiológica, dependerá de lo que el sujeto identifique, en base a su conocimiento previo, que ha desencadenado dicha respuesta.

El origen biológico del estrés

La comprensión del estrés y su origen biológico es esencial para explicar cómo influye en los procesos de salud o enfermedad, ya que el estrés es la respuesta que se da ante una situación que rompe el equilibrio del organismo con el fin de mantener dicho equilibrio. Estas respuestas suponen la activación de circuitos específicos constituidos genéticamente y modulados ambientalmente, efectuando modificaciones cognitivas como la memoria, que cumple la función adaptativa de reconocer y/o evitar la situación que provocó dicha alteración, según aportan Rodríguez-Fernández, García-Acero y Franco (2012) en su artículo, “Neurobiología del Estrés Agudo y Crónico: Su efecto en el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal y la memoria”.

Ante una situación determinada el organismo se activa y se prepara para adaptarse, si esta activación se asocia a un evento positivo, favorable al desarrollo del organismo, este volverá de forma natural al estado de reposo inicial, si por el contrario la activación del organismo se asocia con un evento potencialmente peligroso, el organismo permanecerá en estado de resistencia, si antes de volver al estado de reposo se produce un nuevo evento potencialmente peligroso, el estado de resistencia se prolongará en el tiempo y el organismo llegará un estado de agotamiento.

Si se logra asignar a esas respuestas fisiológicas valor de evento neutro o favorable, el organismo logrará alcanzar el nivel de reposo inicial nuevamente de forma más rápida y habrá conseguido modificar su biología a través de los pensamientos, evitando la llegada al estado de agotamiento y alejando la cantidad de enfermedades asociadas a ese agotamiento, como son las enfermedades cardiovasculares, osteoporosis, artritis, diabetes tipo 2 o ciertos tipos de cáncer estimulados directamente por las emociones negativas e indirectamente por infección prolongada como afirman en su artículo “Psiconeuroinmunología: influencias psicológicas sobre la función inmune y la salud”, publicado en 2002, Kiecolt-Glaser, McGuire  y Glaser.

Maier, Watkins y Fleshner (1994) observan cómo existe una vía de comunicación bidireccional entre cerebro y sistema inmune porque la función del sistema inmunitario puede ser modificada a través de los cambios psicológicos, así como determinados cambios del sistema inmunitario pueden modular el comportamiento y consideran el papel adaptativo de estos cambios.

El sistema autónomo: Sistema autónomo simpático y parasimpático

Esta conexión de doble vía es posible porque el sistema nervioso autónomo, inerva las vísceras, los músculos lisos, el corazón y las glándulas . Las respuestas mediadas por esta parte del sistema nervioso son capaces de modificar con rapidez e intensidad las funciones viscerales. El sistema nervioso autónomo se divide en sistema simpático y sistema parasimpático. El sistema simpático es el responsable de reacciones generalizadas y emplea energía acumulada, mientras que el parasimpático produce acciones localizadas y su objetivo es la conservación de reservas.

El ritmo de vida actual expone a la aparición constante de estímulos, estímulos que a su vez permanecen de manera continuada y mantiene a los individuos en niveles de exigencia permanente, sin tregua. El ritmo cardiaco varía según las emociones en función de determinadas circunstancias, haciéndose significativamente más irregular en situaciones de ansiedad y estrés.

Sabiendo todo esto, ¿vas a permitir que el estrés permanezca crónico en tu vida? Tal vez consideres que te compensa hacer un esfuerzo y aprender a controlarlo para que siga siendo adaptativo y no tu forma continua de estar. Si no consigues liberarte por tus propios medios, déjate ayudar.

Valle Molinero

Socia Co&Co Traning

Consejo asesor de Nascia

Psicóloga industrial y general sanitaria

Experta en biofeedback y gestión de estrés

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